"Las ciudades se volvían más bellas y populosas de año en año (...) las calles eran más anchas, más suntuosas; los edificios públicos, más imponentes; los comercios, más lujosos y elegantes. En todo se notaba como la riqueza crecía y se propagaba (...) El progreso se respiraba por doquier. Quien se arriesgaba, ganaba. (...) Al mismo tiempo una prodigiosa despreocupación había descendido al mundo, porque ¿Quién podía frenar ese avance, frenar ese ímpetu que no cesaba de sacar nuevas fuerzas de su propio empuje? Nunca fue Europa más fuerte, rica y hermosa; nunca creyó sinceramente en un futuro todavía mejor (...) también las personas se hicieron más bellas y sanas gracias al deporte, a una mejor alimentación, a la jornada laboral más corta y a un contacto más íntimo con la naturaleza (...) Y los montes, los lagos y el mar ya no eran tan lejanos como antes. La bicicleta, el automóvil y los ferrocarriles eléctricos habían acortado las distancias y habían dado al mundo una nueva sensación de espacio. Los domingos, miles y miles de personas, con flamantes chaquetas sport, bajaban a toda velocidad por las laderas nevadas sobre esquís y trineos, por doquier surgían palacios de deportes y piscinas. Y justo en las piscinas se podía ver claramente el cambio: mientras que en mis tiempos de juventud llamaba la atención ver un cuerpo masculino realmente bien formado en medio de papadas, vintres gruesos y pechos hundidos, ahora figuras ágiles, curtidas por el sol, con la piel lisa gracias al deporte, rivalizaban entre sí en competiciones llenas de serenidad antigua. Salvo los más pobres, ya nadie se quedaba en casa los domingos (...) Viajar era más barato y más cómodo y, sobre todo, la gente tenía otro coraje (...) La generación entera decidió hacerse más juvenil (...) de pronto desaparecieron las barbas, primero entre los más jóvenes y, luego, entre los mayores, que imitaban a los primeros para no parecer viejos (...) las mujeres tiraron a la basura los corsés que les apretaban los pechos, renunciaron a las sombrillas y los velos (...) se acortaron las faldas para poder mover mejor las piernas cuando jugaban a tenis (...) La prostitución, la única institución del amor permitida en el viejo mundo, disminuyó visiblementre; gracias a esa nueva y sana libertad, toda forma de beatería se convirtió en pasada de moda (...) Los inventos y descubrimiento se sucedían a una velocidad vertiginosa y no tardaban en convertirse en bién común (...) Magnífica fue aquella oleada de fuerza tonificante que batía contra nuestros corazones desde todas las costas de Europa. Pero todo lo que nos llenaba de júbilo a la vez constituía, sin que lo sospecháramos, un peligro. La tempestad de orgullo y de confianza que rugía sobre Europa arrastraba también densos nubarrones. Quizás el progreso había llegado demasiado deprisa, quizá los Estados y las ciudades se habían hecho fuertes con demasiada rapidez; y la sensación de poder siempre induce a hombres y Estados a hacer uso o abuso de él. (...) estábamos convencidos de que la fuerza espiritual y moral de Europa triunfaría en el último momento crítico. Nuestro idealismo colectivo, nuestro optimismo condiconado por el progreso nos llevó a ignorar y despreciar el peligro."La gènesi de la primera guerra mundial.
Stefan Zweig: El mundo de ayer, Acantilado, pags 248-257